La mejor manera de ampliar el bienestar de los consumidores, es mediante el impulso de una verdadera competencia económica. Debemos transitar de un paradigma paternalista de protección a uno en el que la competencia sea el centro de gravedad, propicie mejores prácticas comerciales y como consecuencia beneficie al consumidor, quien también debe asumir su responsabilidad individual. Tenemos que hacer que la competencia sea parte de nuestra cultura diaria, pues es la mejor forma de dirigirnos al progreso. Les comparto mi columna de Reforma. Durante el artículo, hago referencia a una propuesta en la que planteamos la fusión de Profeco y la Cofece, misma que también les comparto. Gracias por su interés.
Preponderancia: ¿La Caída de Azcárraga y Slim?
La reciente resolución de preponderancia del IFETEL podría escenificarse como un circo romano, en donde Gabriel Contreras y los demás comisionados ponen sus espadas sobre el cuello de Emilio Azcárraga y Carlos Slim, mientras escuchan el clamor popular exigiendo sangre y muerte. Sin embargo, es un momento clave que nos obliga ver hacia adelante con objetividad y aprovechar este punto de inflexión en materia de competencia y cultura de la legalidad, para fortalecer el mercado. Les comparto mi colaboración en Reforma Negocios de ayer.
La Empresa y el Interés Público
¿Cuál es el incentivo en México para emprender, si existen voces muy radicales que impugnan la actividad empresarial y la competencia económica? Las campañas actuales que existen a favor del «Emprendedurismo» deben promover una visión más integral y sobre todo, coordinar esfuerzos para vincular a la empresa con el interés público. Una empresa no sólo genera empleos y bienestar, sino que es una extensión de la libertad individual: la libertad de emprender. En este sentido, la educación y cultura en nuestro país han resaltado por décadas la importancia de nuestros grandes héroes, vinculados con los actores políticos, y paulatinamente los sociales, culturales y científicos, pero hace falta darle mayor visibilidad a la gran contribución que han hecho los grandes empresarios para el desarrollo de nuestra Nación. De igual manera, desde la escuela te enseñan el valor de las empresas públicas, particularmente de PEMEX, pero no se hace énfasis sobre la evolución e impacto de las grandes empresas mexicanas, que junto con las primeras, proveen diariamente de gran cantidad de benefactores a los consumidores mexicanos. De ahí que tenemos que lanzar una estrategia integral para fortalecer la imagen de la empresa, desde el valor de la libertad, del empleo, de la educación y de la filantropía. Aquí les comparto mi artículo que me publica hoy Reforma, en el que hago una serie de reflexiones al respecto.
Informalidad y Consumidores
La informalidad deteriora enormemente la confianza en el mercado. No sólo desde la oferta laboral, sino desde la oferta y comercialización de bienes y servicios. En ambos casos, hay una afectación grave en la satisfacción y derechos de los consumidores.
Hasta la fecha, las políticas y medidas emprendidas para combatir el comercio informal han tenido múltiples enfoques: fiscal, seguridad social, propiedad industrial, penal, entre varios. La participación y el compromiso de los diferentes niveles de gobierno es asimétrico, lo que evidencia esquemas de atención omisos y/o corruptos.
Por eso debemos plantear un nuevo enfoque al combate al comercio informal, partiendo de los derechos de los consumidores, lo que permitirá generar esquemas de mayor corresponsabilidad de los niveles de gobierno e indirectamente involucrar al Poder Judicial. Será más fácil denunciar actos de corrupción y se permitirá medir mejor el combate a este fenómeno.
Pero vamos paso a paso.
En México, la libertad empresarial tiene múltiples restricciones. En primer lugar las de carácter general, como lo son en materia de competencia económica (no incurrir en concentraciones ni en prácticas anticompetitivas), de protección de los consumidores, de sanidad, etc. Pero también una gran variedad de restricciones específicas, como son permisos, cumplimiento de Normas Oficiales Mexicanas (NOMs), fitosanitarias, arancelarias, etc.
Estas restricciones a la libertad empresarial se justifican en término del interés público y social. En particular para evitar riesgos y abusos en perjuicio de los consumidores. Para verificar el adecuado cumplimiento de estas restricciones existe una gran variedad de autoridades federales y locales, mismas que no pueden realizar esta tarea en el comercio informal.
Por tanto, si todas las regulaciones que se diseñan a favor del consumidor no pueden ser verificadas en el comercio informal, debe ser impedida su venta o servicio. Lo anterior no solo por implicar un criterio desigual frente a la empresa, sino porque representan un riesgo para los consumidores.
Por tanto, las autoridades, federales y locales, deben ser responsables de evitar la comercialización informal de productos y servicios sujetos a NOMs (lácteos, televisores, cigarros, bebidas de alcohol, casas de empeño, lotes de autos usados y un largo etc.) o de aquellos que requieren licencias o permisos (comida, construcción, funerarias, etc.)
Ir por esta vía, es ubicar en el centro de las políticas públicas al consumidor, lo que incluso permitiría innovar por la vía judicial frente a autoridades omisas de proteger la integridad y derechos de estos. Sin duda este sería el mejor camino de fortalecer la confianza en el mercado.
Por el otro lado, está justamente el reto de generar incentivos a los servicios informales para que se brinden en la legalidad, con mayor calidad y responsabilidad frente a los consumidores. Aquí sin duda hay que diseñar esquemas y estándares que motiven a los proveedores informales a desarrollar mejores prácticas comerciales y a los consumidores a contar con mejor información para su toma de decisiones y construir una demanda más exigente y educada. Esta visión es justo en la que me encuentro con un equipo muy comprometido buscando desarrollar a través de la pronta apertura de un Capítulo de la Better Business Bureau en México (BBB).
Estas son solo algunas ideas que desarrollo en mi colaboración en Reforma: La Informalidad y los Consumidores. Los invito a leerla y discutirla.
Por esto, resulta muy relevante que el Gobierno federal priorice este problema estructural y que lo haga con un doble enfoque. Por un lado, perfila la parte de fomento, vía dos brazos: el Programa para la Formalización del Empleo y el Comité Nacional para la Productividad, que encabezan respectivamente los secretarios del Trabajo, Alfonso Navarrete, y de Hacienda, Luis Videgaray. Por el otro, la coerción, a través de la Comisión para Prevenir y Combatir el Comercio Ilegal, bajo el mando del Secretario de Gobernación, Miguel A. Osorio.
Falta todavía detallar estas políticas, sin embargo, observamos en estos esbozos el énfasis en la oferta y la omisión de la demanda, por lo que surge esta pregunta: ¿cómo reducir los riesgos y abusos que enfrentan los consumidores en los mercados contaminados por la informalidad?
La política debe combinar medidas coercitivas y de fomento. En primer lugar, en la comercialización de bienes y productos, las empresas formales enfrentan múltiples restricciones -constitucionales, legales o regulatorias-, cuyo objeto es prevenir riesgos y abusos en perjuicio de los consumidores, que a su vez se justifican en torno al interés público y social. De ahí que exista una gran gama de actividades comerciales enmarcadas por NOMs y autoridades facultadas para verificar la debida observancia de las mismas. Así, el adecuado diseño regulatorio, el cumplimiento por parte de las empresas y la vigilancia de la autoridad contribuyen a la construcción de confianza en el mercado.
Frente al comercio informal no hay autoridad alguna y no se puede verificar el cumplimiento regulatorio, por lo que debe combatirse con firmeza. No sólo estamos frente a una aplicación desigual de la ley frente a la empresa, sino que el comercio informal es una de las principales fuentes de riesgos y abusos comerciales. Por tanto, si la autoridad no puede vigilar que se cumplan las leyes y NOMs mediante actos de verificación, está siendo ineficaz en prevenir riesgos contra los consumidores.
De ahí que se deban hacer reformas legales para que las autoridades tengan más instrumentos, se impulse la cooperación y se definan responsables. Por ejemplo, que la autoridad federal competente de verificar pueda denunciar a las autoridades locales la comercialización informal de productos sujetos a permisos, NOMs, regulaciones, para que ésta tenga la facultad de confiscarla o clausurarla por poner en riesgo a los consumidores.
En segundo lugar, el sector de servicios amerita un trato diferente, pues requiere de incentivos para que los proveedores se encaminen a la formalidad y a las mejores prácticas comerciales. Empecemos por preguntas sencillas: ¿a qué plomero confío para contratar en mi casa?¿Si me incumplen, cómo exijo la reparación? En fin, es un sector que requiere urgentemente una revolución cultural, para dirigirse a la formalidad y competitividad. Hoy, estos esfuerzos se enfocan a generar competencias, a través del Programa CONOCER de la SEP, así como del impulso al emprendedurismo, mediante el Secretario de Economía, Ildelfonso Guajardo, y el INADEM, con Enrique Jacob. Aquí, la meta debe ser invertir en consumidores más responsables y con mejor información, con medios de exigibilidad y plantear estándares de prácticas comerciales. El impulso de la formalidad es la gran oportunidad para robustecer el sector de servicios que tanto nos urge a los consumidores.
El eficaz impulso de la formalidad requiere una visión descentralizada, diseñar indicadores realistas y armar una gran coalición a favor de la legalidad, que no sólo incluya a los gobiernos federal, estatales y municipales, sino también a la ciudadanía y a la empresa. Pero sobre todo requiere ubicar al consumidor en el centro de las políticas públicas, lo que permitirá reconstruir la unidad y confianza.
PROTECCIONISMO VS CONSUMIDORES: EL CASO DE LA NORMA 29
Les comparto un artículo que me publicó ayer Animal Político. En esta ocasión analizo las repercusiones de una importante resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en la que invalida una norma (conocida como la Norma 29), que aprobó la Asamblea Legislativa del DF y que restringía el desarrollo de tiendas de autoservicio, minisupers y tiendas de conveniencia en ciertas zonas geográficas de la Ciudad, mientras exceptuaba a mercados populares y misceláneas. La Corte resolvió que esa Norma violentaba la Constitución, pues iba en contra de los principios de competencia y libre concurrencia y por tanto perjudicaba a los consumidores. Por tanto, invalidó el ordenamiento. Hay que tener muy claro el criterio de la Corte: en la comercialización de productos básicos no se justifican medidas de ordenamiento territorial ni de protección a los mercados públicos y misceláneas que atenten contra la competencia y contra los consumidores.
De esta manera, y esta es cosecha mía, si las políticas públicas a favor de estos sectores comerciales, deben ser por la vía de fomento, no mediante restricciones a otros competidores. Asimismo, deben buscar promover la competitividad en estos proveedores, no brindarles restricciones proteccionistas que los incentive a hacer exactamente lo opuesto. El consumidor es suficientemente inteligente para racionalizar sus decisiones y saber en qué ocasiones ir a un supermercado, a un mercado público o a la miscelánea de la esquina.
Pues aquí les dejo el link para el artículo PROTECCIONISMO VS CONSUMIDORES: EL CASO DE LA NORMA 29
¿Es posible definir un consumidor global?
marzo 15, 2013Bernardo Altamirano Rodríguez
Por: Bernardo Altamirano Rodríguez
Hoy se celebra el Día Mundial de los Derechos del Consumidor. La elección del 15 de marzo para conmemorar a los consumidores nos remonta al discurso que pronunciara en 1963 ante el Congreso el entonces Presidente John F. Kennedy, en donde justamente se posicionó notablemente sobre estos derechos. Pero darle el carácter de “Día Mundial” implica reconocer que en todo el planeta se desarrollan esfuerzos de diferente impacto que buscan hacer más eficaz el disfrute de los derechos de los consumidores.
Existen avances y pendientes de esta agenda tan importante, que pueden analizarse en lo global, en lo regional y en lo nacional. En el primer nivel, uno de los puntos de inflexión fue la emisión de las Directrices de la ONU de 1985 en las que se definen los derechos básicos de los consumidores. No debemos obviar que dicho esfuerzo se dio en medio de la Guerra Fría, en la que existían dos modelos económicos y de mercado antagónicos, por lo que llegar a un consenso en torno a principios básicos que debían atenderse a nivel global, fue un gran logro. En lo regional, destacan instrumentos claros de cooperación y coordinación en el seno de la Unión Europea, así como esfuerzos importantes en el ámbito Iberoamericano. En lo nacional, prevalecen amplias diferencias en el nivel de avance en los marcos jurídicos, que implican retos de las autoridades, legisladores, empresa y sociedad, respecto de cómo promover con mayor eficacia estos derechos.
Ante este conjunto de esfuerzos enfocados a internacionalizar la defensa de los derechos de los consumidores e impulsar mecanismos y políticas públicas homogéneas, es válido preguntarse si podemos hablar de un consumidor global y dónde se encuentra México. Para hacer una primera aproximación de respuesta, propongo analizar los avances en torno a cuatro elementos fundamentales: marco jurídico, fortaleza de la autoridad, patrones de consumo y cultura de la legalidad.
1.- Marco jurídico. La legislación en la protección de los derechos ha evolucionado, tanto en lo sustantivo, como en lo procedimental. México fue país pionero en definir un marco jurídico ad hoc pero esta tarea, al ser interdisciplinaria, implica también la sistematización con otras áreas, como son la de competencia económica, la legislación de sectores regulados y monopolios, diseño de servicios públicos, la seguridad jurídica en torno a marcas y patentes, los trabajos de normalización y certificación de la conformidad, entre muchos otros. Todos estos elementos implican evaluar una dimensión más amplia de leyes, reglamentos y normas, para identificar la solidez y eficacia de los derechos. En México, de manera adicional, hay que reconocer que se logró un avance en derechos humanos, al reformar el Artículo 1º de nuestra Constitución Política y definir el principio Pro Persona, en el que todas las autoridades tienen la obligación de promover y proteger estos derechos fundamentales. En este sentido, utilizando este criterio Pro Persona, en un amparo promovido por la Profeco por el caso Mexicana, un tribunal aplicó una norma de carácter internacional, como son las Directrices de la ONU de 1985, en relación con nuestro artículo 1º y 28 constitucionales, y resolvió que la tutela de los derechos básicos de los consumidores está en la misma dimensión que el de los derechos humanos. Esto sin duda alguna sienta un precedente histórico en México, y que muchos países en el mundo reconocen. Por tanto, la estrategia de internacionalizar y judicializar la protección de estos derechos nos permite concluir que en este ámbito del marco jurídico, México sí tiene y contribuye a una visión global de consumidor.
2.- Fortaleza de la autoridad. El nivel de solidez de las autoridades en la materia varía en cada país. Los niveles de profesionalización, los instrumentos coercitivos, los recursos de información, educación y capacitación, son variables que demuestran diferentes avances. Pero la fuerza de una autoridad también se mide a partir del diseño institucional que se cuenta para promover mejores incentivos y hacer que la ley se cumpla. Aquí encontramos países que han fusionado en una sola autoridad las funciones de combatir prácticas anticompetitivas y de promover los derechos de los consumidores (por ejemplo, nuestros vecinos del norte y muy especialmente Estados Unidos; en la Unión Europea, casos como Francia; incluso en países como Australia y Nueva Zelanda; en Latinoamérica el caso de Panamá). De manera adicional a estas dos funciones, en países, como Colombia y Perú, se agrega un tercer eje, que es el relativo a propiedad industrial y marcas, en donde una sola autoridad conjuga y sistematiza los tres elementos. Finalmente, también debe analizarse el valor de descentralización con el que las autoridades se desenvuelven, en donde vale la pena destacar el caso de Canadá, en cuyo régimen federal existen responsabilidades claramente definidas de los diferentes órdenes de gobierno. Cabe señalar que en la mayoría de los casos citados, el nombramiento del titular del órgano gubernamental tiene un período determinado y un mecanismo de revisión de los congresos, con lo que se le brinda mayor autonomía. De lo anterior se desprende que existen claras evidencias que el impulso de la competencia y el fortalecimiento de los derechos de los consumidores van de la mano y por tanto el camino adecuado es darle una atención integral a estas funciones. Al final del día, la competencia es el espacio objetivo en el que se desarrollan los sujetos denominados consumidores.
En México, la PROFECO surge en una coyuntura donde nuestra economía era cerrada, existía una débil competencia, predominaba la definición de precios máximos en torno a productos y servicios, y donde el Estado era el gran proveedor. En este sentido, la Profeco nace con un fuerte gen paternalista y proteccionista, basado en desgastantes esquemas persecutorios. Asimismo, tiene un fuerte espíritu centralista, pues no existen responsabilidades claras ni medibles en otros niveles de gobierno. A pesar de que la Ley en la materia ha sido modificada en múltiples ocasiones y mediante políticas públicas se ha buscado la modernización, el diseño institucional de la Profeco se aleja de esa visión internacional que busca mejores mecanismos para impulsar a ese consumidor global. Por tanto, es urgente en nuestro país que a la luz de las múltiples reformas estructurales que se están gestando, se valore la conveniencia de fusionar la Profeco y la Comisión Federal de Competencia y eventualmente con el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual. Adicionalmente, que este diseño avance en la transparencia para generar mayor confianza en el mercado y reduzca zonas grises de discrecionalidad de la autoridad.
3.- Patrones de consumo. Sin duda alguna este es uno de los ámbitos donde encontraremos las más profundas diferencias. La promoción y defensa de los derechos de los consumidores resulta más eficaz en la medida que se identifique mejor la evolución de los patrones de consumo en la sociedad y es directamente proporcional a la evolución y fuerza de los mercados. En donde prevalece un nivel de ingreso medio, los consumidores disfrutan de una mayor libertad para elegir sus bienes y servicios, y naturalmente la competencia entre los proveedores se orienta a ganar su satisfacción, por lo que sin duda existen mejores incentivos para impulsar políticas públicas integrales, que se enfoquen a promover mejores prácticas comerciales. En cambio, bajo condiciones de pobreza y marginación, se deben promover políticas más proteccionistas, pues el mercado es muy débil y es donde más vulnerables se encuentran los consumidores. De esta manera, los patrones de consumo contribuyen a la definición de la agenda de las autoridades responsables. Por un lado, para las economías más desarrolladas encontramos organismos y esfuerzos de cooperación internacional que buscan generar parámetros de mejores políticas públicas, como son el caso de la OCDE y de la International Consumers Protection Enforcement Network. Por el otro lado, existen instancias que buscan impulsar medidas de protección a niveles socioeconómicos que se encuentran en situación de pobreza o marginación, como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) o el Foro Iberoamericano de Agencias de Protección de Consumidores. Como se puede concluir, las desigualdades socioeconómicas impiden hablar de un consumidor global. En todo caso, se polariza en dos niveles de ingreso y consumo. En México, a pesar de las desigualdades económicas, observamos un cambio drástico en los patrones de consumo en los últimos años. Esto queda muy bien reflejado en una publicación de la Profeco, coordinada por el Dr. José Merino, denominada “Bienestar y Consumo, el Consumidor Mexicano del Siglo XXI”, en la que con base en el último censo del INEGI se observa cómo la mejora en el consumo ha sido un factor clave en el aumento del bienestar en todos los deciles. Adicionalmente, Profeco participa intensamente en los organismos y foros antes señalados, y el reto principal ante las desigualdades socioeconómicas, consiste en poder diseñar políticas públicas diferenciadas, a través de incentivar mejores prácticas comerciales en aquellos sectores de ingreso medio, mientras que mantenga una firme protección en los sectores más vulnerables. Por tanto, en cuanto a patrones de consumo, México enfrenta la imposibilidad de configurar un consumidor global único.
4.- Cultura de legalidad y educación de consumo. Si estamos hablando del ejercicio de derechos, nos debemos remitir a los niveles de cultura de la legalidad. Aquí es donde enfrentamos uno de los mayores rezagos, pues mientras en México la autoridad busca evitar que el comercio formal infrinja la Ley, está imposibilitada para aplicar la ley al comercio irregular. Lo anterior es más complicado ante los niveles tan elevados de comercio informal, en donde sin lugar a dudas los consumidores enfrentan mayores riesgos y abusos. Adicionalmente, no se encuentra generalizada en la sociedad, sin importar el nivel socioeconómico, una educación de consumo, en la que al buscar proteger su patrimonio e integridad, los consumidores sean desincentivados para adquirir sus bienes y servicios en el comercio informal. Por estas razones, existe un gran potencial para fortalecer el mercado interno y los derechos de los consumidores, mediante políticas públicas integrales con los temas de competencia y marcas, pero sobre todo con una determinante participación de los otros niveles de gobierno. Asimismo, buscar construir confianza de manera corresponsable con la empresa y con la sociedad, en el cual se termine con el modelo persecutorio y se dé paso a uno basado en mejores prácticas comerciales.
Estos cuatro elementos nos permiten confirmar lo complejo que resulta configurar una definición unívoca de consumidor global. De buscar esa meta, resulta fundamental avanzar en internacionalizar la definición de derechos y mecanismos de defensa, en homogeneizar el diseño de los órganos de autoridad en la materia, de reducir las diferencias socioeconómicas que se reflejan en múltiples patrones de consumo y en fortalecer la cultura de la legalidad. México tiene mucho que aportar al debate global, pero también tiene grandes oportunidades de mejora y encaminarse hacia una reflexión profunda en la que se integre un órgano con gran fuerza institucional que fusione las tareas de la Profeco, la Comisión Federal de Competencia y el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual.
* Bernardo Altamirano Rodríguez, ex Procurador Federal del Consumidor, Miembro del Grupo Asesor de Expertos del Programa COMPAL de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y Presidente de Central para el Desarrollo del Consumidor y el Ciudadano, A. C.
Les comparto artículo que me publicó Animal Político el pasado Día Mundial de los Derechos del Consumidor (15/03/13) http://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2013/03/15/es-posible-definir-un-consumidor-global/#axzz2SAGWTROi